viernes, 3 de diciembre de 2010

DE GÉNERO, SEXO… ¿Y ARTE?


Claude Cahun- I am in training don´t kiss me -1927

Aclaremos primero qué es eso del género dentro del arte, pues no nos referimos a género dentro de cuestiones pictóricas (bodegón, ecuestre, retrato…) sino nos referimos a género dentro del ámbito sexual, más concretamente, a la identidad de la persona.

Se entiende que género sólo lo tienen las palabras. Las palabras tienen un género masculino, femenino o neutro y que sexo sólo lo tienen las personas y los animales, es hembra o macho, hombre o mujer. A esto añadimos la definición que dio Simone de Beauvoir en su libro El segundo sexo publicado por primera vez en 1949. Según Beauvoir, el género es una construcción cultural sobre el sexo. Es decir, los conceptos que se tiene sobre masculinidad o feminidad son formas de ser mujer u hombre determinados por la cultura y la sociedad, formulando así la no existencia de una esencia femenina o masculina, que sería lo que daría forma al concepto de ser hombre o mujer. La frase que formuló en su día Simone de Beauvoir fue: no se nace mujer, se llega a serlo.

De esto se puede deducir que el género es una construcción cultural paralela al sexo, pero que a su vez es el sexo el que determina la construcción cultural: a un sexo determinado un género determinado. En este caso, sexo se asociaría más a la biología (macho-hembra) y género a la construcción cultural que se asocia a un sexo en concreto (masculino-femenino), siendo una serie de valores, comportamientos, roles, actitudes y expectativas que cada cultura ha construido para cada hembra-macho. Esto generaría las construcciones de “masculinidad” y “feminidad”. Así a la masculinidad le quedan asociados valores tales como autoridad, disciplina, control, razón, etc., y a la feminidad conceptos como dulzura, emoción, sentimiento, pasividad, etc. Estas construcciones no son casuales, sino que han ido edificándose a lo largo de la evolución cultural, religiosa, social, médica… Estos estereotipos tratan de ocultar lo que más de una vez sucede en la realidad, es decir, que hay ocasiones en las que una mujer tiene un comportamiento y una conducta masculina y viceversa.

¿Y qué tiene esto que ver con el arte?

En los años 60/70 en Estados Unidos se sucedió lo que más tarde fue llamado como Arte Feminista. Una serie de mujeres artistas, filósofas, sociólogas y estudiosas en general, queriendo contestar a la pregunta “¿a lo largo de la Historia, no ha habido mujeres artistas?” comenzaron una serie de investigaciones que las llevaron a descubrir que sí, hubieron mujeres artistas que la Historia obvió y que la mujer, dentro del taller de un pintor, no había sido más que otro mueble, pues su función había sido la de modelo y objeto de deseo, no la de mujer como persona que puede realizar Arte igual que un hombre. Esto les llevó a querer cambiar el concepto de “cuerpo de mujer objeto de deseo” y a empezar a reivindicar su propio cuerpo como dueñas de él mismo queriendo hacer, ellas mismas, sus propias representaciones de su propio cuerpo, alejándolas de la estereotipada visión masculina llena de tabúes (el cuerpo de la mujer es bello, pero la menstruación, siendo algo que sucede en ese cuerpo bello, es tabú).

Estas nuevas representaciones que la mujer hizo sobre su propio cuerpo abrieron todo un camino a investigaciones sobre la identidad de las personas. Que mi sexo sea el de una mujer no significa que yo, como persona, deba ajustarme al cien por cien a esa construcción cultural femenina que recae sobre mi sexo si yo no lo siento así, o si mi identidad como persona se ajusta más a la de un género diferente. Y lo mismo pasaría con un hombre.

A raíz de sus investigaciones se dieron cuenta que esos planteamientos que ellas hacían no eran nuevos, pues descubrieron a artistas como Rosa Bonheur, (1822-1899) la cual alcanzó enorme popularidad por sus pinturas y dibujos de animales. Para poder hacer este tipo de obras, Bonheur tuvo que visitar ferias de ganado, mataderos, mercados de caballos y espacios exclusivamente masculinos – recordemos que estamos en el s.XIX y estaba establecido el sistema de esferas separadas: el hombre hace la vida pública, la mujer se queda en casa – con lo cual, adquirió la costumbre, para moverse con más libertad por esos sitios, de vestirse con atuendo masculino. Atuendo que acabó llevando al terreno de lo privado, vistiendo así hasta en ocasiones en las que no necesitaba camuflarse.


Rosa Bonheur, Feria de caballos, 1855

El travestismo, en la época de Rosa Bonheur era ilegal: para evitar ser perseguida, la artista, cada seis meses debía conseguir un “permiso oficial de travestismo” que le expedía la policía de París y que firmaba un médico. Cualquier desviación con respecto a las normas codificadas de comportamiento sexual eran definidas como una “anomalía” que debía ser sometida al control del Estado y bajo supervisión médica. Que existiera este control y el “permiso oficial de travestismo” nos indica que existían suficientes personas fuera de la norma como para tener que regularlo a través de un formulario. Rosa Bonheur convivió durante muchos años con Natalie Micas, a la cual llamaba “mi esposa”, tras la muerte de ésta, compartió su vida con Anna Klumpke, la cual fue su heredera.

Otra artista digna de mención es Claude Cahun, la cual dijo de sí misma “nunca terminaré de desvelar todos estos rostros”, pero Cahun merece un estudio mucho más profundo, así que le dedicaremos más adelante un artículo completo.

Este artículo fue publicado en la versión on-line de la Revista Vulture el día 29 de Noviembre del 2010. Enlace al artículo: De género, sexo... ¿y arte?

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